Viel Temperley y el cuerpo como sala de espera: versión en cine del libro «Hospital Británico»

Viel Temperley y el cuerpo como sala de espera: versión en cine del libro «Hospital Británico»

A propósito del estreno en el país de la película homónima, diremos que hay libros que se escriben sobre una enfermedad y libros que se escriben desde ella. Hospital Británico (1986), último libro de Héctor Viel Temperley, pertenece a la segunda estirpe: no es la crónica retrospectiva de un hombre ya recuperado de una trepanación craneal, sino el registro de una conciencia que todavía tiene la cabeza vendada mientras escribe.

 

Lo distintivo del libro es que el hospital no es tema sino método compositivo. Los subtítulos que lo organizan (Tengo la cabeza vendada, Me han sacado del mundo, Yace muriéndose), funcionan como un parte médico repetido con variaciones, y la estructura fragmentaria de «esquirlas» reproduce el tiempo replegado, no lineal, de cualquier internación. El propio Viel decía no reconocerse como autor del libro, sentir que el texto «estaba en el aire»: una despersonalización tan clínica como mística.

 

Esa convivencia sin jerarquía entre lo médico y lo religioso es el hallazgo mayor del poema: la cabeza vendada es también el lugar donde ocurre lo sagrado. En paralelo corre la agonía de la madre, «a veinte cuadras de aquí», como si todo el libro ocurriera dentro del mismo edificio.

 

Conviene decir esto en un momento en que la salud se volvió espectáculo de otro signo: médicos convertidos en influencers, shows de bienestar que llenan teatros con diagnósticos en vivo y consejos empaquetados como entretenimiento. Nada de eso tiene que ver con lo que propone esta película. Aquí no hay un cuerpo enfermo exhibido para tranquilizar o vender una fórmula de mejora; hay un poema que se niega a ofrecer la comodidad de la cura, y una película que decide ser fiel a esa negativa en lugar de traducirla en un relato de superación.

 

Trasladar ese perfil hospitalario al cine implicaba un problema difícil: filmar una lucidez anestesiada sin traicionarla con nitidez documental. La decisión de trabajar con cámaras estenopeicas (contornos difusos, luz que se derrama), es el equivalente visual exacto del vendaje del poema. Y el coro de «peregrinos«, en lugar de una sola voz narradora, es fiel a esa disolución del yo que el propio Viel describía: si la enfermedad fragmenta al sujeto, la película fragmenta también la autoría en voces múltiples.

 

Lo perturbador del libro (lo que hace que, según Tamara Kamenszain, no se salga indemne de su lectura), es que nunca ofrece la comodidad narrativa de la cura: la promesa final de resurrección convive con el vendaje hasta el último verso. La película no ilustra ese estado: lo produce de nuevo, para otro cuerpo, el del espectador.

 

Funciones e información: complejoteatral.gob.ar/ver/Hospital-Británico