Salud e igualdad: lecciones desde Uruguay y un espejo para la Argentina

Salud e igualdad: lecciones desde Uruguay y un espejo para la Argentina

La ministra de Salud Pública de Uruguay, Cristina Lustemberg, publicó recientemente una columna donde advierte que “no hay salud sin igualdad”. Si bien el país cuenta con un Sistema Nacional Integrado de Salud que la Organización Mundial de la Salud califica como sólido —con cobertura casi universal, gasto público superior al 6% del PBI y un gasto de bolsillo bajo, cercano al 15%—, bajo esos promedios conviven realidades muy distintas: barrios con indicadores comparables a los de países desarrollados y otros con cifras inaceptables.

 

El artículo identifica dos grandes brechas. La primera, la que afecta a niños, niñas y adolescentes, más de 155.000 de los cuales viven bajo la línea de pobreza. La ministra la define como una “alerta moral y ética” que se traduce en malnutrición, rezago educativo y falta de acceso a controles y vacunas. La segunda, la desigualdad que recae sobre las mujeres, responsables de la mayoría de las tareas de cuidado no remuneradas, lo que condiciona su salud y su participación laboral.

 

Lustemberg plantea además un plan de gestión con 127 metas para 2025-2027, que incluye mejorar la calidad y oportunidad de la atención, garantizar medicamentos, fortalecer la salud mental y reducir la carga invisible de los cuidados. Su propuesta busca articular lo sanitario con políticas intersectoriales y convertir la equidad en una política de Estado.

 

La comparación con Argentina muestra similitudes y diferencias claras. Ambos países comparten desigualdades territoriales —con áreas urbanas de alto nivel y regiones empobrecidas—, altos índices de pobreza infantil y una sobrecarga femenina en los cuidados. Sin embargo, Uruguay exhibe un sistema más integrado y equitativo, con menor gasto de bolsillo y una rectoría central más fuerte. Argentina, en cambio, arrastra una marcada fragmentación entre sistema público, obras sociales y prepagas, lo que genera desigualdades aún más pronunciadas.

 

En el plano de la infancia, mientras Uruguay enfrenta el desafío de 155.000 menores pobres, en Argentina la cifra se traduce en más de la mitad de los niños y adolescentes del país, lo que agrava el panorama.

 

La reflexión de Lustemberg ofrece una lección regional: la salud no se mide en promedios, sino en la vida cotidiana. Y allí, tanto Uruguay como Argentina siguen enfrentando heridas profundas que requieren decisión política y acuerdos amplios para que la igualdad sea el verdadero norte.