La Salud como intervalo precario: Borges entre la enfermedad y la escritura
Existe una frase de Jorge Luis Borges que condensa una filosofía entera de la fragilidad humana: «la salud es un estado precario, que no presagia nada bueno». Lejos de ser una boutade, esta sentencia nace de una experiencia vivida: la de un escritor cuya biografía estuvo marcada, de manera casi ininterrumpida, por el deterioro del cuerpo.
Borges, nacido el 24 de agosto de 1899, padeció una ceguera crónica y progresiva que nunca fue diagnosticada ni tratada eficazmente, pese a contar con el apoyo de los mejores especialistas de su época. No se trató de un episodio aislado: la enfermedad recorría su árbol genealógico. Tanto su abuela Frances Haslam como su padre, Jorge Guillermo, habían perdido la vista antes que él, de modo que Borges creció sabiendo que ese destino lo aguardaba, sin poder torcerlo. Consultó a prestigiosos oftalmólogos con la esperanza de evitarlo, pero ninguno logró frenar el avance de la ceguera. La pérdida no llegó por vejez: tenía 56 años cuando quedó completamente ciego, y así permaneció durante el resto de su vida, hasta su muerte en 1986.
Lo notable es que Borges no vivió esta precariedad únicamente como una tragedia personal, sino que la convirtió en materia literaria. Según los estudios sobre el tema, la progresión de su ceguera influenció su obra hasta convertirse en uno de los temas centrales de su literatura, y su poesía en particular funciona como un testimonio de las alteraciones visuales que padeció durante el avance paulatino de la enfermedad. El cuerpo enfermo, en su caso, no fue solo un límite: fue una fuente de sentido, un tema que atravesó cuentos, poemas y conferencias.
Y sin embargo, Borges se resistió a narrar esa experiencia en clave de lamento. En una conferencia de 1977 dedicada al tema, afirmó que «la ceguera no ha sido para mí una desdicha total», y llegó a describirla como una forma paradójica de don: le permitió acercarse al anglosajón, al escandinavo, a una literatura medieval que de otro modo habría ignorado, y en definitiva, escribir los libros que escribió. Es esa misma capacidad de transformar la limitación en perspectiva la que sostiene su célebre definición de la Salud: no como una posesión estable, sino como una tregua, un intervalo entre dos formas de la enfermedad o, en última instancia, entre el nacimiento y la muerte.
Esta visión borgeana dialoga de manera directa con Knock o el triunfo de la medicina (1923), la comedia satírica de Jules Romains en la que el doctor Knock convence a un pueblo entero de que «las personas sanas son enfermos que ignoran su estado». Donde Romains construye una farsa sobre el poder médico y la credulidad social, Borges ofrece un diagnóstico más filosófico que clínico: la salud, para él, es sospechosa por definición, porque su misma estabilidad es ilusoria. Ambos autores, desde registros distintos (la comedia teatral y el aforismo metafísico), llegan a una misma conclusión incómoda: el cuerpo sano no es un punto de llegada, sino una pausa que, tarde o temprano, se revela vulnerable. En la vida de Borges, esa vulnerabilidad no fue una abstracción: fue el material con el que construyó buena parte de su obra.