Depresión en la vejez: una enfermedad frecuente que aún se confunde con “cosas de la edad”

Depresión en la vejez: una enfermedad frecuente que aún se confunde con “cosas de la edad”

Levantarse cada vez más tarde, dormir mal, abandonar actividades placenteras o quejarse de dolores persistentes sin causa clara son señales habituales en muchos adultos mayores. Rara vez aparecen acompañadas de una frase explícita como “estoy triste”. Con frecuencia, el entorno y hasta el propio sistema de salud cierran el diagnóstico con una explicación rápida: “es la edad”. Sin embargo, especialistas advierten que en numerosos casos se trata de depresión, una enfermedad frecuente, tratable y todavía subdiagnosticada en la vejez.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor del 14% de las personas de 70 años o más vive con algún trastorno mental, y la depresión y la ansiedad encabezan la lista. Estudios internacionales estiman que entre el 10% y el 20% de los adultos mayores presenta depresión clínica, mientras que si se consideran síntomas depresivos más amplios, la prevalencia puede superar el 25%. En América Latina, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que el envejecimiento poblacional vuelve este problema cada vez más relevante para los sistemas sanitarios.

 

Uno de los principales obstáculos para su detección es la forma en que la depresión se manifiesta en esta etapa de la vida. En lugar de tristeza franca, suelen predominar síntomas físicos —dolor crónico, fatiga, trastornos del sueño, cambios en el apetito— o conductas como el aislamiento y la apatía. Estas manifestaciones se interpretan erróneamente como parte “normal” del envejecimiento, lo que retrasa el diagnóstico y prolonga el sufrimiento.

 

Desde el Ministerio de Salud de la Nación señalan que la depresión no es una consecuencia inevitable de envejecer y que puede tratarse eficazmente con abordajes combinados: psicoterapia, medicación cuando está indicada y estrategias psicosociales que fortalezcan los vínculos y la autonomía. La evidencia internacional muestra que las personas mayores responden igual o incluso mejor que los adultos jóvenes a muchos tratamientos, derribando otro mito frecuente.

 

El subdiagnóstico también está vinculado a factores culturales. La naturalización del malestar emocional, el estigma asociado a la salud mental y la idea de que “ya no vale la pena” buscar ayuda funcionan como barreras silenciosas. A esto se suma el impacto de la soledad, los duelos y las pérdidas propias de esta etapa, procesos que requieren acompañamiento y validación.

 

Detectar la depresión a tiempo no solo mejora el ánimo y la calidad de vida: también puede prevenir complicaciones, reducir el riesgo de deterioro funcional y favorecer un envejecimiento más saludable. Reconocer que no todo es “la edad” es el primer paso.