De Nixon a Trump: medio siglo de guerras sanitarias en EE. UU.
En 1971, Richard Nixon firmó la National Cancer Act y declaró la «guerra contra el cáncer». Fue el modelo fundacional de una fórmula retórica que Estados Unidos repetiría una y otra vez: presentar un problema de salud pública como un enemigo a vencer. En ese caso, la guerra fue constructiva (más presupuesto, más instituciones, más ciencia), y dio origen al National Cancer Institute tal como existe hoy.
Una década después, Reagan tomó la misma metáfora y la invirtió. Su «guerra contra las drogas» no financió tratamiento sino represión: cárceles, interdicción militar y tolerancia cero, con un resultado que convirtió a Estados Unidos en el país con más presos por habitante del mundo. Al mismo tiempo, su gobierno guardó un silencio casi total sobre el SIDA, mientras miles morían y el activismo de ACT UP debía forzar una respuesta oficial con campañas como «Silencio = Muerte». La lección de esos años es incómoda: la guerra retórica no se declaró por igual a todas las enfermedades, y esa asimetría revela tanto sobre prejuicio como sobre epidemiología.
Clinton prometió revertir el enfoque punitivo, pero terminó profundizándolo con una ley de 1994 que golpeó desproporcionadamente a comunidades afroestadounidenses. El péndulo volvió al modelo original recién con Obama y Biden: el Cancer Moonshot de 2016, relanzado por Biden como presidente en 2022, retomó la lógica de 1971 : inversión sostenida, coordinación federal, metas cuantificadas de reducción de mortalidad.
El giro más singular llegó en 2025 y 2026, bajo Trump y su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr. Por primera vez, la «guerra» se volvió contra el propio aparato científico que Nixon había creado: recortes de miles de millones de dólares al NIH, una caída superior al 30% en fondos para investigación oncológica y una propuesta de presupuesto que reduce en más de un tercio al National Cancer Institute. Un informe del Senado calificó estas medidas directamente como «guerra contra la ciencia», mientras el gobierno las defiende como una reducción necesaria de burocracia.
El patrón que emerge de estos 55 años no es lineal: la misma metáfora bélica sirvió para justificar tanto la construcción como la demolición de la infraestructura sanitaria del país, según quién ocupara la Casa Blanca y a quién se definiera como el enemigo.