Cuando se ahoga la Ciencia, se ahoga la Salud

Cuando se ahoga la Ciencia, se ahoga la Salud

La marcha científica al Obelisco del 12 de agosto, bajo la consigna «Ciencia y Tecnología en Lucha», volvió a poner en el centro del debate una pregunta que excede el mundo académico: ¿qué pasa con la Salud pública cuando se corta el financiamiento a la ciencia? Las cifras del reclamo son elocuentes: una caída real del 50,2% en el presupuesto de Ciencia y Técnica entre 2023 y 2026, salarios de investigadores del CONICET con una pérdida acumulada del 40,5%, y una inversión que hoy ronda el 0,14-0,15% del PBI, niveles similares a los de la década del setenta.

 

El vínculo entre ese ajuste y el sistema sanitario no es una hipótesis lejana: es un hecho ya documentado. La Decisión Administrativa 20/2026 recortó más de 63.000 millones de pesos en Salud Pública, con quitas de 500 millones al programa de Enfermedades Inmunoprevenibles (vacunas), 800 millones a la respuesta a VIH, hepatitis y tuberculosis, y 5.000 millones al programa nacional de investigación y tratamiento del cáncer. El ANLIS «Carlos Malbrán»(el instituto que produce sueros, vacunas y diagnósticos estratégicos para el país), perdió 1.162 millones de pesos, lo que paralizó obras y proyectos de laboratorios de alta complejidad. El INCUCAI, responsable de la coordinación de trasplantes, también sufrió una baja de más de 800 millones.

 

El razonamiento de fondo, que investigadores como Alberto Kornblihtt remarcan, es que la salud pública moderna no funciona sin investigación básica detrás. Vacunas, kits de diagnóstico, reactivos y hasta insumos críticos como los que se desarrollaron durante la pandemia (hisopos, tests, barbijos) no surgen de la nada: son la consecuencia de décadas de inversión sostenida en ciencia. Cuando esa base se erosiona, no se pierde solo capacidad de investigar: se pierde la posibilidad futura de producir localmente lo que hoy se sigue importando, y se profundiza la dependencia externa en un sector estratégico.

 

A esto se suma un daño de largo plazo, quizás el más difícil de revertir: la fuga de investigadores hacia Brasil, Chile y Uruguay, y el freno casi total al ingreso de nuevos científicos a la carrera del investigador. Como advierten desde el propio sistema, la masa crítica científica se construye en generaciones, no en años, y una vez perdida, reconstruirla puede llevar décadas o volverse directamente irreversible.

 

El Gobierno, por su parte, enmarca estos recortes dentro de un ajuste fiscal general y ha cuestionado la eficiencia del gasto científico previo. Pero los datos sobre el terreno, desde el Malbrán hasta los programas oncológicos, muestran que el corte al financiamiento de la ciencia y el deterioro del Sistema de Salud avanzan, hoy, de manera paralela.