A 60 años de la Noche de los Bastones Largos: una herida aún abierta en la ciencia nacional

A 60 años de la Noche de los Bastones Largos: una herida aún abierta en la ciencia nacional

A seis décadas de la Noche de los Bastones Largos, el ataque perpetrado el 29 de julio de 1966 contra la Universidad de Buenos Aires (UBA) sigue siendo uno de los hechos más traumáticos para la ciencia argentina. La represión ordenada por la dictadura de Juan Carlos Onganía no solo puso fin a la autonomía universitaria, sino que también desencadenó una fuga masiva de investigadores y docentes cuyas consecuencias aún resuenan en el sistema científico nacional.

 

La irrupción de la Policía Federal en cinco facultades de la UBA, con golpes, detenciones y destrucción de laboratorios, interrumpió un período de extraordinario crecimiento académico. Más de un millar de profesores e investigadores abandonaron sus cargos y muchos emigraron al exterior, donde continuaron carreras científicas que habían comenzado a desarrollarse en el país. La pérdida de recursos humanos altamente calificados afectó durante décadas la capacidad del país para generar conocimiento e innovación.

 

El impacto también alcanzó de lleno a la medicina. La desarticulación de grupos de investigación frenó avances en áreas como bioquímica, microbiología, farmacología, epidemiología y salud pública, debilitando el vínculo entre universidad, hospitales e investigación biomédica. La medicina argentina perdió una generación de científicos cuya producción terminó fortaleciendo instituciones extranjeras.

 

Sesenta años después, la efeméride adquiere una renovada actualidad. En coincidencia con el aniversario, investigadores, docentes, becarios y organizaciones científicas convocaron a una movilización en el Polo Científico Tecnológico bajo la consigna «No permitamos una nueva fuga de cerebros», advirtiendo que el deterioro del financiamiento, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y la incertidumbre laboral vuelven a poner en riesgo la continuidad del sistema científico argentino. Los convocantes sostienen que las dificultades para sostener proyectos de investigación y retener jóvenes profesionales recrean un escenario que evoca, por otras razones, el éxodo de científicos iniciado en 1966.

 

En ese contexto, diversas instituciones científicas también manifestaron su preocupación por el riesgo de un nuevo proceso de emigración de investigadores, alertando que la pérdida de talento tendría efectos duraderos sobre la producción de conocimiento y la capacidad de innovación del país.

 

La historia demuestra que reconstruir un sistema científico lleva décadas, mientras que su deterioro puede producirse en muy poco tiempo. Por eso, a 60 años de la Noche de los Bastones Largos, el recuerdo trasciende la memoria histórica y se proyecta sobre los desafíos del presente: preservar la universidad pública, garantizar el financiamiento de la investigación y evitar que una nueva generación de científicos vuelva a buscar en el exterior las oportunidades que no encuentra en su propia tierra.