¿Volar en avión vs. radiografía? Desmitifican el impacto de la radiación médica
La palabra “radiación” suele generar alarma inmediata, asociándose erróneamente con un peligro inminente. Con el objetivo de esclarecer este concepto y desmitificar su uso en la medicina diagnóstica, se ha presentado un análisis que desafía los mitos comunes al contrastar la exposición clínica con situaciones de la vida cotidiana, como los viajes aéreos. A diferencia de la percepción pública general, volar implica una exposición directa a la radiación cósmica debido a que la atmósfera es más delgada a grandes altitudes.
De acuerdo con los datos técnicos de los especialistas, un vuelo comercial de larga distancia (como el trayecto entre Buenos Aires y Madrid), expone a un pasajero a una dosis de entre 0.04 y 0.06 milisieverts (mSv). En contrapartida, una radiografía de tórax moderna genera apenas 0.01 mSv, lo que significa que un viaje de vacaciones puede representar hasta cinco veces más exposición que un estudio médico de rutina. Esta percepción distorsionada genera temores infundados que actúan como barreras para la atención preventiva.
“El miedo a la radiación clínica es uno de los mayores obstáculos para cuidar nuestra salud preventivamente. Posponer una placa por este motivo es tan desproporcionado como dejar de salir a la calle por miedo a una tormenta eléctrica”, afirmó Miguel Rincón, Gerente de Producto para el Cono Sur en Siemens Healthineers. El informe subraya que la radiación es un fenómeno natural con el que convivimos diariamente a través del sol y el suelo, sumando unos 2.4 mSv al año de radiación de fondo.
En el ámbito clínico, los procedimientos están estrictamente regulados bajo el principio ALARA (“tan bajo como sea razonablemente posible”), asegurando dosis mínimas que no alteran las proporciones normales y priorizan un beneficio mayor: salvar vidas mediante diagnósticos tempranos y precisos.