Entre la medicina y el monstruo: la vigencia sanitaria de Frankenstein
La adaptación fílmica de Guillermo del Toro sobre la novela de Mary Shelley recupera, con estética ambiciosa y magnitud cinematográfica, un trasfondo médico que ya desbordaba los debates científicos del siglo XIX. Publicada en 1818, la obra aparece en un momento en que la medicina experimentaba profundas transformaciones: la anatomía, la electricidad aplicada a los cuerpos y la cirugía comenzaban a plantear interrogantes morales y técnicos sobre la vida, la muerte y la posibilidad de reanimar lo que se consideraba perdido.
En la novela, el doctor protagonista recurre a “instrumentos de la vida” y a materia cadáver-humana para dar forma a su criatura, tras un contexto real donde los avances en galvanismo hacían tambalear la frontera entre lo vivo y lo muerto. Este tipo de experimentos despertaban tanto la curiosidad científica como el temor público: cuerpos diseccionados, corrientes eléctricas aplicadas a cadáveres y promesas de reanimación.
Pero Shelley no solo capturó una escena científica, sino también la ética de la medicina de su tiempo: la cuestión del poder del médico-científico, la responsabilidad ante la creación y la deriva de la ciencia sin reflexión. En ese sentido, su novela se convierte en espejo de las tensiones médicas de la época: el cuerpo como laboratorio, la muerte como fase intervenible y la búsqueda de conocimiento .
Hoy, al apropiar esta historia para cine, se abre nuevamente el debate sobre los límites de la medicina, la creación tecnológica de vida y la vulnerabilidad humana. La versión de Del Toro, lejos de ser solo un espectáculo de terror gótico, recupera esa dimensión histórica-sanitaria: la medicina en transformación, la ambición de ir más allá de la naturaleza, y los costos que ello implica. En definitiva, “Frankenstein” sigue siendo una advertencia sobre lo que ocurre cuando la ciencia médica —o quien la encarna— olvida que detrás de cada cuerpo, vivo o muerto, hay una ética.
Fuente: SaberenSalud.
