Sanar en el frente: El rol vital de las enfermeras en la salud y contención de los combatientes de Malvinas

Sanar en el frente: El rol vital de las enfermeras en la salud y contención de los combatientes de Malvinas

Durante décadas, el relato de la Guerra de Malvinas se construyó sobre un silencio selectivo. En las aulas y en las plazas, la narrativa oficial omitió un componente vital para la supervivencia física y psicológica de las tropas: la labor de las mujeres en el sistema de salud militar. Hoy, el testimonio de veteranas como Liliana Colino y Silvia Barrera rompe ese «olvido de época» para reclamar su lugar en la historia.

 

El fin del silencio y la lucha por la identidad
La necesidad de hablar nació, a menudo, del dolor de los hijos. Fue el llanto de la hija de Liliana Colino, tras ser tildada de mentirosa por una maestra que afirmaba que «en la guerra no hubo mujeres», lo que impulsó a la exenfermera de la Fuerza Aérea a alzar la voz. Colino fue la única mujer que pisó suelo malvinense durante las operaciones de evacuación aeromédica en los gigantescos aviones Hércules C-130, rescatando heridos bajo fuego y oscuridad.

 

Este esfuerzo por recuperar la memoria colectiva sumó un hito fundamental con la publicación de Crónicas de un olvido, de Alicia Reynoso. En su obra, la enfermera de la Fuerza Aérea relata las vivencias en el Hospital Reubicable de Comodoro Rivadavia, denunciando cómo la historia oficial intentó «borrar con el codo» una realidad innegable: las mujeres fueron parte del engranaje sanitario que mantuvo con vida a cientos de soldados.

 

Más que medicina: El pilar de la contención emocional
El rol de estas profesionales no se limitó a la curación técnica. En el rompehielos Almirante Irízar, transformado en hospital de campaña, Silvia Barrera y otras cinco instrumentadoras quirúrgicas voluntarias operaron en condiciones críticas. Barrera recuerda trabajar atada a sus compañeros para no caer por el violento movimiento del buque, mientras preparaban el instrumental sobre el cuerpo de los propios pacientes.

 

Sin embargo, su aporte más profundo a la salud de los combatientes fue la reparación emocional. Para los soldados heridos, estas mujeres representaban el único vínculo humano y cálido. «Siempre me decían que me veía parecida a alguien: a la novia, a la vecina, a la hermana», relata Colino. Esa contención —escuchar, sostener la mano o simplemente estar— fue el sostén moral de hombres que regresaban del frente con el alma rota.

 

El legado y el reconocimiento
A pesar de haber sido condecoradas, el proceso de «desmalvinización» las afectó doblemente. Como señala Barrera: «El mundo exterior nos agredía y la otra mitad nos ignoraba». La lucha de Reynoso, plasmada en sus crónicas, refleja la batalla judicial y social que muchas debieron emprender para ser reconocidas legalmente como veteranas.

 

Hoy, sus historias emergen del anonimato. Ya no son solo «asistentes»; son veteranas de guerra que demostraron que la patria también se defendió con manos que curaban y garantizaban la dignidad de cada soldado. Su lucha actual ya no es contra el frío, sino contra el olvido que Reynoso y sus compañeras finalmente han logrado quebrar.